sábado, 6 de agosto de 2016

¿Qué calle llevará su nombre?

por Hugo Bruschi en el Año de la Resistencia


 Qué no daría la ciencia, qué cualquiera de los mortales por saber que se esconde en el cerebro de las personas!! Cómo entender ciertas conductas, ciertos comportamientos, sus causas, sus motivaciones. Cuántos psicólogos, psiquiatras y otros terapeutas se necesitarían para desenredar esta madeja? Sobretodo cuando la investigación queda reducida al campo de las especulaciones, de las teorías, pues el paciente que por lo general ignora su condición de tal, no aporta elementos. Si esta tarea resulta difícil en vida, es imposible después de la muerte. Las autopsias nos podrán revelar fracturas, un tumor, etc., pero nada podrán hacer en un cerebro muerto, un cerebro que ya no ejerce la función que nos diferencia del resto de los animales.

En estos días se produjo el deceso de una persona que mereció ser estudiada, aún contra su voluntad. Un deceso que provocó distintas reacciones entre quienes lo conocieron, trataron y lo sufrieron. Un individuo que llegó a un Ministerio por imposición de quienes lo necesitaban y al mismo tiempo lo usaban. Por quienes conocían sus debilidades, su casi enfermiza ansias de poder, sin importar al servicio de quien o de qué. El poder era para este hombre, el aire que respiraba. Un hombre que reunía todos los signos que identifican al psicópata. Carente de escrúpulos, intrigante, ausencia de empatía ante el sufrimiento del otro. Poseedor de un discurso convincente entre sus amanuenses, pero que a poco de analizarlo despierta sospechas entre quienes piensan antes de aplaudir. Al igual que su compinche, emplea un idioma mezcla de boliche y biblioteca, para hacerse el popular, "el piola". Y es también asiduo lector de los teóricos de la guerra.

Pero este individuo también tiene un pasado, un pasado que no podremos ignorar a la hora de analizar su triste presente. Un pasado que nos muestra a otra persona, totalmente diferente en sus comportamientos y en su conducta. Un pasado que bien pudo haberle costado la vida, pero que sin embargo ya denunciaba sus ansias de poder. Creo que ese fue el rasgo más coherente durante toda su aventura.PODER AL PRECIO QUE SEA SIN IMPORTAR DONDE SEA. Pero que pasó para que este hombre terminara odiando a sus propios compañeros muertos y desaparecidos? Qué fenómenos se registraron, que substancias faltaron o sobraron en su masa cerebral? Fue acaso el precio que debió pagar para satisfacer sus ansias de poder, para poder ser aceptado por quienes antes combatió y más tarde fueron sus captores? Dónde acumuló tanto odio, tanta intervención malintencionada para denigrar a los familiares de sus antiguos compañeros, dónde tanta habilidad para defender a los criminales y enchastrar a las víctimas? Algo tiene que haber pasado y sólo sus más allegados podrán aportar datos que nos lleven a por lo menos intentar leer el cerebro de este hombre. Qué desengaños, que frustaciones lo llevaron a terminar sus días en el lodo.

La Vidriera cree que sería un aporte muy valioso en la búsqueda de una explicación. Mientras ello no ocurra, seguiremos convencidos que en su afán de protagonismo, lo mismo daba un pasaje en filas guerrilleras, que un sillón entre quienes antes quiso destruir y no pudo y hoy lo homenajean como uno de los suyos. Como muestras de amplitud y reconocimiento, le ofrecieron la bandera que costó muchas vidas de jóvenes que creyeron en su prédica y sus locuras. Alguien conoce la verdad o por lo menos la sospecha. Sería muy importante conocer qué mecanismos jugaron para que este hombre terminara sus días en la ignominia, para entender las mutaciones y para prevenir futuros brotes de traidores que borrarán con el codo lo que escribieron con la mano. Gente que se puede prestar a las más aberrantes inconductas, con tal de estar en el tapete y compartir una cuota miserable de poder, aún sabiendo que son tristes peones de un juego decidido de antemano por quienes manejan el negocio.

Verdaderos delincuentes ideológicos que podrán cambiar de bando, aún pisando cadáveres o memorias de antiguos compañeros.

Que lo lloren sus iguales como decía Benedetti en su Obituario. Quienes siguen luchando por Verdad y por Justicia para sus seres queridos, no llorarán. Que sus iguales lo recuerden con alguna calle o avenida y que no se olviden del discurso conmemorativo el día de la inauguración.





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